A raíz de los resultados electorales y de la enorme goma político-moral que está viviendo mi generación, quise compartir una reflexión más extensa, porque la libertad de expresión sigue siendo algo que vale la pena ejercer y defender, aunque no todo el mundo la comparta.

En mi opinión, el problema de fondo no es solo que la gente no vote o que no confíe en los partidos. El problema es que la política dejó de ser un marco de gestión social y se convirtió en una carrera de egocéntricos individualistas, que de paso nos contagiaron su desprecio por el bien común.

Históricamente, los partidos políticos existían para producir pensamiento, propuestas y cuadros técnicos. Eran espacios donde se discutía cómo resolver los problemas del país, cómo modernizar el Estado y cómo equilibrar intereses sociales.

Hoy, muchos partidos dejaron de cumplir esa función y se convirtieron en trámites electorales: estructuras vacías que sirven como taxis políticos para personas oportunistas que solo buscan una vía para llegar al poder, ya sea por una papeleta o por el amigo de un amigo. No hay proyecto país, no hay escuela de pensamiento, no hay visión de largo plazo. Cada cuatro años el rumbo cambia y aparecen nuevas propuestas sin coherencia ni continuidad.

Esto se ve con claridad en la Asamblea Legislativa actual: distintos partidos presentan proyectos prácticamente idénticos, con variaciones mínimas, pero en lugar de sentarse a construir una sola propuesta conjunta, la pelea se vuelve por de quién es el proyecto, quién se lleva el crédito político y por guardar las apariencias de con quién nos juntamos.

Así, el ego partidario y el cálculo político terminan siendo más importantes que construir soluciones reales para el país.
Como consecuencia de eso, durante décadas llegaron al poder personas más interesadas en sí mismas que en el servicio público. Con ellas vinieron la ineficiencia en servicios básicos como la salud, la educación y la seguridad, la corrupción dentro de las estructuras del Estado y un cinismo cada vez más normalizado, donde mentir y manipular la opinión pública se volvió parte del juego político —el “Game of Thrones”, dijo aquel que vendió sus principios por un puesto para el que nunca lo han valorado.

No se trata de un partido o una figura en particular. Es un patrón. La política se volvió un espacio donde muchos aprendieron a maquillar decisiones que benefician a pocos como si fueran sacrificios necesarios por el bien común, hasta el punto de que terminamos creyéndolo.

Por eso la ciudadanía no se alejó por desinterés. Se alejó porque aprendió que participar muchas veces significa gastar tiempo, reputación y energía en un sistema que tiende a favorecer argollas, financistas y estructuras de poder antes que a la gente. Aprendió que los partidos prometen y no cumplen, y que esa desconexión termina erosionando la confianza no solo en ellos, sino en la institucionalidad que debería protegernos.

Así fue como, poco a poco, la política dejó de verse como un espacio de vocación y servicio y pasó a verse como un espacio sucio, donde la gente decente no entra. Y cuando las personas con ética se retiran, el sistema queda inevitablemente en manos de los oportunistas.

(Parte de este problema también está en cómo se financia la política en Costa Rica, porque ese modelo favorece a quienes tienen dinero y conexiones por encima de quienes tienen ideas y propuestas concretas. Dejo por aquí un artículo de opinión de Walter Gutiérrez que lo explica mucho mejor.)

El tercer problema es cultural, y es profundo.
La división entre “woke y no woke”, “buenos y malos”, “progres y fachos”, “ellos y nosotros” no solo polarizó al país, la división rompió la posibilidad de pensar en colectivo.

Empezamos a ver la política como una lucha de identidades y de superioridad moral, donde lo importante no es resolver problemas sino tener la razón y estar del lado “correcto”. Eso nos volvió más individualistas, más enfocados en defender nuestra propia postura que en construir algo que funcione para todas las personas.

Las últimas elecciones ya no se han tratado de propuestas ni de proyectos de país, sino de miedo:
“Vote por este para que no quede aquel”. Es un voto reactivo, no uno que nazca de una visión compartida.

En ese proceso nos fuimos encerrando en cajitas de resonancia, donde solo escuchamos lo que confirma lo que ya creemos. Dejamos de escuchar otras perspectivas, de aceptar diferencias, de entender que nadie tiene toda la verdad y que una sociedad solo puede avanzar si es capaz de negociar, ceder y buscar puntos medios que beneficien al conjunto.

Cuando una sociedad pierde la capacidad de dialogar y de llegar a acuerdos, deja de ser una democracia viva y se convierte en un campo de trincheras. Y una democracia sin acuerdos es una democracia rota.

Y con esto quiero cerrar: ejercer democracia no es solo ir a votar cada cuatro años, ni subirse al trend en redes cuando hay elecciones. Tampoco es creerse moralmente superior ni burlarse de quien sí se involucró (aunque sea un par de semanas). Y mucho menos es competir por ver quién es más liberal, más progre o más “correcto”.

Hoy más que nunca necesitamos soltar los egos que los políticos oportunistas nos sembraron para dividirnos y volver a pensarnos como un colectivo de costarricenses que quiere lo mejor para su país. Eso implica algo incómodo pero necesario: callar un momento, escuchar la perspectiva del otro, no solo para oírla, sino para entenderla y empatizar con ella. No para cambiar de pensar o desechar mi posición, sino para reconocer que las necesidades de otras personas no son iguales a las mías, pero sí son igual de válidas y merecen soluciones donde yo también puedo colaborar.

La nueva Asamblea Legislativa tiene una responsabilidad enorme: trabajar en conjunto, dejar de lado la lógica del ego partidario y empezar a reconstruir la credibilidad de la política costarricense.
Y nosotros, como ciudadanía, también tenemos una tarea: exigirles altura, pero sobre todo apoyar los esfuerzos reales por construir unidad y acuerdos.

Porque sin diálogo, sin acuerdos y sin una visión compartida, no hay democracia que aguante.