Sobre el proceso electoral de 2026 en Costa Rica, el resultado no está en discusión. La victoria fue contundente y nadie —ni siquiera desde la oposición— ha puesto en duda la labor del Tribunal Supremo de Elecciones ni la legitimidad del proceso. Resulta incluso paradójico que una institución que fue blanco constante de ataques y descalificaciones por parte del presidente Rodrigo Chaves y su entorno sea hoy la misma que, por segunda vez, valida un triunfo alineado con su proyecto político.
Dicho esto, que el resultado sea legítimo no significa que todo lo ocurrido alrededor de la elección sea irrelevante. Una ventaja que en el primer corte apuntaba al 20 % se redujo hasta rondar el 15 %. Al final, casi el 52 % de las personas votantes no eligió la opción ganadora y más del 30 % del padrón decidió no participar. Costa Rica estaba dividida antes de esta elección y lo sigue estando hoy.
Ese 52 % que participó y no ganó no merece ser ninguneado ni reducido a una caricatura. Su malestar no surge de la nada. Carga con la frustración de haber visto cómo múltiples alertas rojas fueron ignoradas durante la campaña y también el propio día de las elecciones: los ataques a la institucionalidad; los problemas de los agricultores minimizados junto con los ataques directos desde el gobierno —lo que, a mi criterio, ayuda a explicar por qué en Cartago no triunfó el PPSO—; las múltiples denuncias contra candidaturas a diputaciones, algunas con causas abiertas y otras con deudas millonarias con el Estado; los escándalos ambientales y de corrupción de este gobierno; los pactos por debajo de la mesa para otorgar puestos, y la normalización de discursos y alianzas con personas que relativizan o minimizan el abuso sexual contra niñas, en lugar de exigir responsabilidades y renuncias. Este último es, para mí, uno de los hechos más alarmantes.
No tengo hijas. Tampoco puedo sentir en carne propia, desde una perspectiva femenina, lo que significa ver que este tipo de hechos se avalen por omisión, como sí lo sienten mi hermana, mi pareja o mis amigas desde su experiencia como mujeres. Aun así, escuchar a alguien justificar un abuso y afirmar en cámara que, porque la víctima tenía 14, 15 o 16 años, “no era una niña”, es algo que me revuelve las entrañas. Y por eso duele y sorprende el silencio de muchos frente a estos temas: no hubo ni una palabra, ni una postura pública, ni un gesto. Tampoco mostraron nunca sus colores políticos durante la contienda. Un silencio que también comunica.
Escribo estas palabras hoy, 2 de febrero de 2026, al día siguiente de las elecciones, porque ocurrió algo que llamó poderosamente la atención.
De pronto, en redes sociales -especialmente en TikTok, muros de Facebook y grupos de WhatsApp- aparecieron mensajes de indignación de personas que durante toda la campaña política no dijeron absolutamente nada. No se expresaron ante los escándalos, ni ante los discursos de odio, ni ante la violencia verbal sostenida desde la presidencia del país. Finalizada la elección y desde su posición como “ganadores”, ahora sí alzan la voz para exigirle a quienes se sienten golpeados por el resultado que “ya lo superen”, que “acepten la derrota”, que “el soberano habló”.
Al mismo tiempo, se indignan y se sienten directamente ofendidos cuando quienes perdieron expresan su frustración con frases como “ahora sí nos fuimos a la mierda” o “cómo es posible que la mayoría fuera tan estúpida, ciega y llena de odio”. Como si los insultos y ataques no hubieran sido parte cotidiana de la forma de expresarse del presidente -líder del movimiento del partido vencedor- y de sus seguidores durante toda la campaña, y como si el resto del país no los hubiera tenido que soportar.
Pero, además, expresar frustración en un muro digital no es equivalente —ni peor— que cuatro años de ataques sistemáticos, insultos normalizados y violencia verbal, amplificados tanto por una maquinaria organizada de troles afín al gobierno como por medios tradicionales (Te estoy hablando a ti Trivision).
Al final, lo de la frustración de la gente se trató de eso: palabras escritas en redes. Texto. Expresiones torpes, a veces ofensivas, sí -como lo hay siempre en todas las campañas-, pero muy lejos del impacto real de normalizar lo éticamente intolerable.
¡Qué delgada resultó ser la piel de algunos frente a lo que otros ciudadanos dicen en redes!
Y qué grueso el caparazón, en cambio, para guardar silencio ante lo verdaderamente grave.
Creo que los constantes ataques al tribunal eran solo para preparar el terreno ante una eventual perdida, «Si ganamos no pasa nada, si perdemos tiramos a la gente a la calle gritando fraude aunque no lo haya» Teoria del Shock, mas para un presidente que sabia que estaba muy arrinconado si no lograba recibir nuevamente inmunidad.
Con respecto a la division de la gente eso es lo que se logra, con sus transmisiones, transmisiones iguales a las dictaduras que ellos mismos señalan, pero que en su caso no aplican.
Muchos estábamos sintonizados con ese pensamiento: era el anticipo, por si tenían que recurrir al grito de fraude.
Lo más asombroso, mi estimado Gabo, es que aun ganando y por un margen tan amplio, igual salieron algunos chavistas gritando “fraude” en la elección de diputaciones. Todo esto amplificado por varios tabloides, entre ellos el pasquín de Trivisión, nuestro Fox News *wannabe*.
Según ellos, había chanchullo: ¿cómo era posible que no obtuvieran los 38 diputados esperados, y que el PLN obtuviera 17 y el Frente Amplio alcanzara 7?
Fraude se dejaron siempre decir… deplorable.