Tenía mucho tiempo de no postear en Facebook.
Ayer, impulsado por los acontecimientos posteriores a los resultados electorales y por ciertos comentarios que empezaron a circular con insistencia, sentí la necesidad de escribir una nota en mi muro.

Ese texto abordaba el fenómeno de la indignación selectiva: cómo algunas personas eligen callar frente a hechos éticamente intolerables, pero alzan la voz para exigir silencio a quienes expresan su disconformidad y su dolor. La mayoría de las reacciones que recibí fueron de personas que compartían emociones muy similares a las mías: frustración, desconcierto y una sensación difícil de describir de desesperanza tras la elección. (Pueden encontrar una copia de dicho texto en este artículo)

Pero también hubo otro tipo de comentarios. Mensajes que no buscaban debatir ni disentir, sino silenciar. Y fue precisamente eso, lo que me confirmó que valía la pena volver hoy a mi muro para escribir esta nueva nota, que narro a continuación.

Durante los últimos cuatro años, la bravuconería, el bullying, la descalificación pública y la imposición del “porque sí” dejaron de ser eventos ocasionales para convertirse en estilo. Ese comportamiento, alimentado desde Casa Presidencial, no se quedó solo allí.

No es una percepción abstracta. Es algo que se lee, se escucha y se vive. Basta observar comentarios donde se repite una y otra vez la frase “les guste o no” al referirse a los resultados de unas elecciones. No como argumento, sino como cierre forzado de cualquier conversación. No busca debatir ni convencer: busca imponer. Es la lógica del matón trasladada al discurso político. “Esto es así y punto”. El problema es que esa lógica es profundamente antidemocrática.

Y cuando ese tono baja de las redes digitales a la calle, las consecuencias dejan de ser simbólicas y se vuelven reales.

El domingo 25 de enero, en Alajuela, lo viví de primera mano. El Partido Frente Amplio había solicitado y recibido autorización del Tribunal Supremo de Elecciones para realizar una caravana vehicular, con punto de encuentro en Plaza Real Alajuela a las 3:00 PM. El evento fue anunciado con varios días de antelación, como corresponde, por distintos medios y redes sociales.

Llegué acompañado al lugar, cerca de la hora convocada. La sorpresa fue encontrarnos con una enorme cantidad de personas y vehículos con banderas turquesa del PPSO rodeando las calles en los cuatro puntos cardinales alrededor de la casa de Pollo Macho, bloqueando accesos y haciendo prácticamente imposible llegar a Plaza Real. El tránsito era caótico. Los vehículos de los que iban convocados por el Frente Amplio tuvieron que acomodarse como pudieron hacia el este y sur del centro comercial. No había oficiales de tránsito al llegar nosotros, solo encontramos una patrulla de la Fuerza Pública con cuatro oficiales en una esquina, frente a cientos de personas y decenas de carros.

Ante lo absurdo de la situación -dos caravanas en el mismo lugar, el mismo día y a la misma hora- decidí averiguar qué estaba pasando. Inicialmente iba molesto con el Frente Amplio, porque me parecía una barbaridad e insensatez, una fórmula perfecta para el caos.

Hablé con los dirigentes de la caravana del Frente Amplio, con una delegada del Tribunal Supremo de Elecciones y con un oficial de la policía presente. La información fue clara y consistente: el PPSO no había solicitado ni tenía autorización del TSE para realizar una caravana en ese lugar, y mucho menos a la misma hora. Lo que es más, para ese día en Alajuela centro, solo dos partidos habían solicitado autorización para actividades masivas: el Frente Amplio con su caravana, y otro partido distinto al PPSO, con un piquete en un punto completamente diferente de la ciudad.

Me narraban ellos que, cuando el lugar empezó a llenarse de vehículos del PPSO, sin control de tránsito ni condiciones mínimas de seguridad, los delegados del TSE -dos mujeres y un hombre- buscaron a los dirigentes de esa comitiva para pedirles que, por el bienestar de todas las personas y para evitar confrontaciones, se relocalizaran. Su respuesta fue negarse rotundamente, alegando que nadie los iba a mover de ahí. La situación escaló al punto de que las delegadas mujeres tuvieron que ser protegidas y llevadas a una zona segura, ya que estuvieron a punto de ser agredidas. Fueron ellas quienes llamaron al 911 para solicitar el apoyo policial. Todo esto quedó consignado en actas, tanto del Tribunal Supremo de Elecciones como de la Fuerza Pública.

A quienes habíamos asistido convocados por el Frente Amplio, tanto los delegados del TSE como la policía nos pidieron “paciencia”. Que esperáramos. Que fuéramos el lado sensato. Que aguardáramos hasta que los del PPSO decidieran moverse y permitirnos salir, porque no había suficiente personal para hacer más. La policía municipal de Alajuela nunca llegó. Finalmente, nuestra caravana salió con casi una hora de retraso, poco antes de las 4:00 PM, cuando los del PPSO se movilizaron y se dignaron a desbloquear y ya era seguro hacerlo.

Esto no fue un malentendido. Fue una demostración de fuerza. Un sabotaje directo y organizado. Fue el “les guste o no” llevado a la práctica. Y sobra decir que fue una tremenda irresponsabilidad.

Ese es el verdadero problema del matonismo político: no solo degrada la participación y el debate, sino que desgasta instituciones, intimida a personas y convierte la convivencia democrática en una prueba de resistencia para quienes no se alinean. Aceptar resultados electorales no significa aceptar abusos, ni silencios impuestos, ni normalizar que quien grita más o bloquea más se salga con la suya.

Siempre van a existir las diferencias de puntos de vista. La democracia no es obediencia ciega. Tampoco es miedo. No se trata de quién golpee más fuerte la mesa. Vivir en democracia se trata de reglas, respeto y límites. Y cuando esos límites se cruzan una y otra vez, no señalarlos sería complicidad o sometimiento. Y yo no pienso afiliarme ni a una ni a otra.