Hay algo que pasa muchísimo cada vez que aparece un video como este: la gente ve una escena violenta, se calienta de inmediato y cree que ya encontró la solución definitiva en diez segundos. Sale el típico “hay que pichasearlo”, “mae hay que reventarlo”, “solo así entienden”, y cualquier intento de pensar un poco más allá provoca que de una vez le caigan a uno con el clásico “zurdo de mierda”, “seguro le importa más el drogo que la señora”, o “ya van a salir a defenderlo”. Pero no. Pensar no es defender. Analizar no es justificar. Se puede tener claridad moral sin apagar el cerebro.

Lo que hizo ese hombre es asqueroso, violento de forma injustificada e inaceptable. Ojalá la señora esté bien, porque claramente fue víctima de una agresión. No hay excusa para eso. No hay forma seria de romantizarlo ni de maquillarlo. Hay una víctima y hay una conducta absolutamente reprensible. Eso debe quedar claro desde el inicio para que ningún animal venga a fingir que uno está defendiendo lo indefendible.

Ahora bien, una vez dicho eso, también hay que decir algo que a mucha gente le incomoda: gritar “hay que pichasearlo” no resuelve el problema. A lo mucho, satisface la rabia momentánea de quienes ven el video desde una pantalla, pero no evita que mañana aparezca otro caso parecido, ni reduce la cantidad de personas en ese estado en la calle, ni corrige nada de lo que produce estas situaciones. Es una descarga emocional, no una solución real.

Y antes de que salga el otro argumento facilón de “nadie le puso una pistola en la cabeza para que se drogara”, sí, claro, nadie le puso una pistola en la cabeza. Nadie está negando que las personas tienen responsabilidad por sus actos. Pero también hay que dejar de hablar como si ese mae hubiera aparecido ahí de la nada. No apareció ahí de la nada. No nació convertido en eso que usted ve en el video. Llegó ahí por una acumulación de decisiones, sí, pero también de contextos, carencias, daños, abandonos, fracasos y condiciones que lo fueron empujando hacia ese punto.

Ese es el detalle que muchos no quieren tocar, porque obliga a pensar más allá del impulso. Es mucho más fácil decir “ese está así porque le da la gana” y cerrar la conversación ahí, como si ya se hubiera entendido todo. Pero la realidad humana no funciona así. Las decisiones no aparecen en el vacío. La gente no se destruye en abstracto. Hay contextos económicos que pesan muchísimo: pobreza, desempleo, precariedad, barrios donde sobrevivir al día ya es bastante difícil. Hay contextos educativos: abandono escolar, mala formación, ausencia total de herramientas para desarrollar autocontrol, disciplina o proyecto de vida. Hay contextos culturales: entornos donde la violencia se normaliza, donde el consumo se vuelve escape, donde la agresión y la autodestrucción forman parte del paisaje diario.

También hay un tema de valores, y eso a algunos les molesta, pero es real. Los valores no salen de la tierra ni brotan solos. Se forman o no se forman en la casa, en la comunidad, en la escuela, en los ejemplos que rodean a una persona desde niño. A eso súmele factores psicológicos y psiquiátricos: trauma, abuso, negligencia, impulsividad, trastornos mentales, desconexión emocional, violencia intrafamiliar, exposición temprana a drogas o criminalidad. Cuando usted mezcla todo eso, el resultado muchas veces no es simplemente “un vago que quiso joderse porque sí”, sino una persona profundamente deteriorada que, además de ser responsable por lo que hace, también es producto de una cadena larga de fallas individuales y colectivas.

Y ojo, entender eso no es absolverlo. No es decir “pobrecito”. No es decir que la señora importa menos. No es decir que no deba haber consecuencias. Lo que se está diciendo es algo mucho más básico: si usted solo se queda en el impulso de castigar al individuo que ya explotó, jamás va a entender por qué el problema se sigue repitiendo. El verdadero problema no es solo ese golpe. El problema es todo lo que tuvo que pasar antes para que existiera alguien así caminando por la calle, en ese estado, con esa desconexión humana y ese nivel de agresividad.

Por eso me parece tan pobre intelectualmente o tan fácil esa idea de que la solución es simplemente hacerlo mierda. Si lo pichasean, si lo meten preso, si incluso lo matan, ¿qué cambió estructuralmente? ¿Ya desapareció la adicción? ¿Ya se arregló la salud mental pública? ¿Ya se atendieron los entornos familiares rotos? ¿Ya se redujo la exclusión social? ¿Ya mejoraron las oportunidades económicas? No. Lo único que pasó fue que se descargó la rabia sobre un individuo mientras el mecanismo que produce diez más sigue intacto.

Peor aún, muchas de esas “soluciones” solo generan más gasto público, más violencia, más trauma y más normalización de la brutalidad como respuesta automática. Hay que atender al agredido, al agresor, movilizar policía, activar sistema judicial, posiblemente sistema de salud, y si el resultado es más grave, hasta investigar una muerte. Es decir, ni siquiera desde una lógica práctica y fría eso soluciona gran cosa.

Eso tampoco significa caer en el otro extremo idiota de pensar que todo se arregla con compasión vacía. No. Hay gente peligrosa. Hay conductas que deben ser contenidas. Hay actos que merecen sanción. La seguridad de la gente importa. La señora importa. El derecho de una persona a caminar tranquila por la calle sin que un drogadicto nos golpee porque sí importa muchísimo. Pero si de verdad queremos menos casos así, entonces hay que hacer algo más difícil: hay que investigar, entender y atacar las causas.

Eso implica prevención, educación, tratamiento de adicciones, atención psicológica, fortalecimiento familiar, comunidades menos rotas, oportunidades reales y presencia seria del Estado. No una consigna fácil. No una fantasía de violencia. No una respuesta hecha desde la bilis.

Porque al final, lo fácil es pedir una pichaseada. Lo difícil es ser un ser pensante y preguntarse por qué ese problema existe en primer lugar, qué lo alimenta y qué lo reproduce. Y si uno no quiere hacerse esas preguntas, entonces no está buscando una solución. Está buscando desahogo. Y el desahogo podrá sentirse rico por cinco minutos, pero no evita la próxima agresión, no protege a la próxima víctima y no impide que mañana aparezca otro igual o peor.