Steven nunca se había sentido tan vencido por una emoción.
Nunca había conocido tan de cerca el dolor del corazón.
Nunca había sentido que todo se caía,
que la vida ya no valía
y que el amor, ese amor, también mentía.

Nunca creyó llegar a sentirse tan incapacitado,
tan roto, tan pequeño, tan cansado.
Nunca sintió tantas voces gritando en su cabeza,
y eso que siempre vivió entre debates, ruido y rareza;
pensamientos distintos, intensos, abrumadores,
pero nunca tan oscuros, nunca tan demoledores.

Steven estaba acostumbrado a soñar
y luego ver sus sueños desaparecer sin avisar.
Sabía que sus estudios, o la falta de ellos,
no lo llevarían muy lejos ni abrirían grandes destellos.
Abandonó sus sueños sabiendo que alcanzarlos
le parecía imposible, casi absurdo intentarlos.

Sabía que su vida no era de gloria ni crecimiento;
se sentía condenado a ser un número más en el viento.
Pero, entre tanto ruido, tenía algo que lo llenaba,
algo que hacía que nada más importara:
tenía su sonrisa, tenía su amor,
tenía ese refugio contra el miedo y el dolor.

Un amor al que no le importó un título,
ni una clase, ni un juicio ridículo.
Era amor, simple y verdadero,
y Steven luchó por cuidarlo entero.
Luchó por tenerlo, por verlo florecer,
por que esa sonrisa nunca dejara de aparecer.
Hizo de su vida una búsqueda constante,
por llenarla de bien, de amor, de luz brillante.

Pero la vida siempre alcanza,
siempre cobra, siempre avanza.
Sus decisiones pasadas lo acechaban desde la sombra,
esperando el momento exacto en que más se cobra.
Su falta de estudio y su falta de atención
quebraron una delicada estabilidad y su ilusión.
Y junto a la incertidumbre económica que crecía,
se fueron enterrando opciones cada día.

Era eso: su falta de un título lo vino a buscar,
y parecía haber llegado para quedarse y desgastar.
Sus miedos comenzaron a crecer sin medida,
porque no podía dejar atrás ninguna herida.
“Debe hacer esto, debe hacer aquello”,
le repetía su mente como un oscuro destello.
“¿Cómo va a pagar esto? ¿Qué va a hacer ahora?
Necesita conseguirlo antes de que llegue la hora”.

Y no podía dejar que vieran su frustración,
porque sentía que solo sumaría preocupación.
No podía permitir que su amada o su gente querida
vieran que se le estaba cayendo la vida.
Necesitaba luchar, resistir, sostenerse,
pero no hay fuerza eterna para no romperse.
Solo hay cierta estamina, cierta voluntad;
no es infinita, no vence toda oscuridad.
Las derrotas seguían llegando sin perdón,
y con ellas una sombra lo encerró en frustración.

Steven dejó de ver hacia arriba.
Dejó de demostrar amor mientras sobrevivía.
La frustración y el odio que sentía
tenían que quedarse ocultos noche y día.
Y ocultos fueron, frente al computador,
donde podía callar las bestias de su interior.
No quería que nadie viera ese tormento,
ni que el miedo escapara de su pensamiento.
Y en su afán por protegerla de su dolor,
la abandonó sin dejar de sentir amor.

Se hundió en una cárcel emocional,
fría, silenciosa, casi letal,
para ocultar aquello que poco a poco lo mataba,
mientras por fuera fingía que nada pasaba.
No podía dejar que el miedo o la preocupación
borraran de su cara aquella sonrisa, aquella razón.

Pero, ¿cuál fue su error?
Que buscando proteger, abandonó el amor.
Buscando no preocupar, se encerró.
Queriendo no dejar de amar, se ocultó.
Dejó que del otro lado creciera mala hierba,
mientras él luchaba solo con su propia guerra.
Descuidó su jardín sin querer dañarlo,
dejó de regarlo por miedo a lastimarlo.

Y todo eso que construyó por años se borró,
lo que tanto cuidó, lentamente se secó.
No más flores hermosas ni árboles frondosos,
solo recuerdos tristes, punzantes, silenciosos.
Mató su jardín queriendo protegerlo
de los monstruos que jamás quiso mostrarle de cerca.

Qué tonto puede ser el pensamiento
de quien solo quiere proteger con sentimiento.
Qué fácil es descuidar creyendo que se cuida,
alejarse por amor y terminar causando una herida.
Ya hoy no queda nada de ese hermoso jardín,
solo fotos, recuerdos y un dolor sin fin.
Recuerdos que, más que alegría, son castigo,
porque muestran lo que tuvo y perdió consigo.

¿Por qué no vio las señales?
¿Por qué no entendió sus males?
¿Por qué no vio el dolor?
¿En qué momento se fue tanto de ese amor?
¿Y por qué nadie gritó
cuando el jardín lentamente se apagó?

Probablemente su dolor algún día cesará,
aunque Steven no cree que eso pasará.
Siente que solo queda ese dolor castigándolo más,
recordándole lo que no vuelve, lo que quedó atrás.
Porque todo aquello que se vivió no será más.
Lo que fue ya no es, y lo que quiere no vendrá jamás.

Otro sueño que debe enterrar,
otro adiós que debe cargar.
Pero de todos los sueños que la vida le quitó,
este fue el que más profundo le dolió.